Los domingos, yo siento, que deben tener su propio ritmo.
No es el apuro del lunes, ni la libertad despreocupada del sábado.
El domingo tiene algo más tranquilo… más reflexivo.
Hoy empece como empiezan muchos de mis domingos: con misa. No solo cualquier misa, sino, misa en español.
Por que una vez al mes hago ese momento de pausa en medio de la semana donde manejo un poco mas de una hora para sentarme en paz, respirar y tratar de reconectar un poquito con la fe, con la gratitud y con esas preguntas que a veces dejamos para después.
Pero el domingo no se quedó ahí.
Después de misa vino otra parte importante de la rutina: tiempo con mi hijo.
Entre la vida, el trabajo, las responsabilidades y los días que pasan demasiado rápido, esos momentos para ponernos al día de verdad se vuelven pequeños tesoros.
Como siempre mi Bayayo fue quien decidio donde ir a comer, y despues de caminar una rato y cavilar terminamos en Hrimnir Ramen, un lugar que siempre promete algo interesante para el paladar.
Porque parte de lo bonito de salir a comer es también eso:
la pequeña aventura de probar algo nuevo.
El ramen llegó humeante, lleno de aromas que inmediatamente te dicen que vas a tener que comer despacio para disfrutarlo bien.
Pero más que el sabor, lo que hace especial ese tipo de comidas es lo que pasa alrededor de la mesa.
Las conversaciones que se van soltando.
Las historias de la semana.
Las pequeñas preocupaciones.
Las risas.
De repente te das cuenta de que no solo estás alimentando el cuerpo.
También estás alimentando algo más.
El domingo, al final, terminó siendo eso:una combinación bastante perfecta de cosas que llenan.
Un poco de fe para el alma.
Un poco de conversación para el corazón.
Y un buen plato de ramen para el cuerpo.
No está nada mal como forma de cerrar la semana.
Y si algo he aprendido es que a veces las mejores rutinas no son las más elaboradas…
son simplemente esas que nos recuerdan qué cosas realmente nos nutren.


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